Miles de ojos
★★★★★
Disfruté mucho este libro. Hay tantas aristas desde las cual llegar a su núcleo, el sueño. El sueño es un ente incomprensible y grotesco (el título del libro se refiere a él, o a eso), cuyos seguidores (por no decir fanáticos) intentan abrir en Bolivia para ser parte de él. Estos, además, son metaleros. Death Metal. Lo que no es coincidencia porque la manera de abrir el sueño es estrellar un auto americano clásico, puro metal de alta potencia, contra un árbol místico. Y es un auto específico, que debe ser manejado por alguien elegido por el sueño.
Temáticamente, sentí mucho de Crash en particular y de Cronenberg en general (el culto). También de Full Metal Alchemist (el sueño y sus miles de ojos que se devoran al mundo) y, por supuesto, Evangelion (el elegido o elegida que no entiende su rol en todo el entramado donde se ve siendo parte nuclear). El apocalipsis lleva a Mad Max. Suena a disparate de referencias pero está tan bien armado el relato que el motor de la historia resulta ser mucho más que la suma de sus componentes.
De las cuatro partes de la novela, me pareció que las tres primeras son buenísimas. La originalidad de cada una choca y descoloca. El libro rodea el metal con lo biológico y los lazos familiares, donde todo termina pudriéndose, fermentando o transformándose, desde infestaciones hasta mutaciones quiméricas (insisto: FMA). Incluso los procesos biológicos humanos adquieren un lugar importante que contrasta la importancia del metal, tan sagrado que (me parece) nunca se describe. La cuarta cumple con dar un cierre pero no logré encontrar una resolución o contemplar la historia desde una perspectiva nueva.
Lo que más me gustaron fueron las descripciones biológicas y las relaciones hijo/a-padre-madre. Al final, sea en un mundo postapocalíptico o en una realidad alternativa, lo que más importa son nuestras relaciones. Son ellas las que definen nuestra identidad.