Mi paso por Ing. Civil en Computación en la U. de Chile es historia con luces y sombras.

Partamos por las sombras. Los primeros años mataron mi creatividad. No tenía las habilidades sociales para lidiar con un entorno competitivo y machista (en ese entonces, sé que hoy ha cambiado la situación; para peor yo venía de un liceo de hombres, así que cometí muchos errores). Dejé de ir a clases; copié y casi me aplican un sumario; tuve que hacer cinco veces un ramo. Cada semestre mi autoestima se derrumbaba más y más. Sufrí pero fue el proceso que me tocó vivir para entender que era una persona resiliente en términos académicos. Aprendí los límites de mi autoestima. Es importante conocerlos para emprender una aventura como el PhD.

Las luces: Con amigos creamos un grupo que organizaba torneos de juegos de pelea con apoyo del Centro de Estudiantes. Cambió mi perspectiva de ese entorno que me hacía mal e hice grandes amigos. Saber reconocer lo que tienes en común con otras personas y crear relaciones en base a ello es importante cuando haces un doctorado, porque probablemente deberás comenzar desde cero si lo haces en otro país.

Los siguientes cursos dejaron una huella imborrable:

  • Literatura con Carlos Pérez-Villalobos. Aprendí a leer el lenguaje del cine, y por tanto, de la vida.

  • Diseño de Algoritmos con Ricardo Baeza-Yates. No destaqué pero me motivó a conocer a Ricardo, con quien trabajé como ayudante de investigación más adelante. El resto es historia: hice el doctorado con él y con Mounia Lalmas. Hoy seguimos colaborando. Más de una vez me han preguntado si soy su hijo, ¡será por la barba!

  • Lenguajes de Programación con Jo Piquer. Este curso me voló la cabeza. Fue la primera vez que entendí que con el código se podía expresar, que había mecanismos de abstracción que explicaban el mundo. El carisma hippie de Jo lo hacía entretenido. ¡Hicimos un intérprete de Scheme en Scheme!

  • Computación Gráfica. Si con lenguajes me vi reflejado por primera vez en la carrera, aquí crucé el umbral del espejo. Como alumno no fue una experiencia transformadora, excepto que yo había ingresado a ingeniería con la motivación de hacer juegos. ¡Al fin se podía crear sin límites más que los de la propia imaginación! Finalmente no hice ningún juego, ni en el semestre como estudiante ni en los seis siguientes como profesor auxiliar. Qué me llevé del curso: mis primeros pasos enseñando, programar en C++, programar y enseñar Python (creo que fue el primer curso en el DCC que utilizó Python para algo), y descubrí que no era bueno para hacer juegos. Sí para crear motores para construir mundos. Fue el instante en que haber estudiado ingeniería cobró sentido.

Yo no era un alumno destacado. Siendo doctor le pregunté a Ricardo por qué me había dado la oportunidad de hacer el doctorado. Me dijo que veía mi sed de aprender y crecer.