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Año 2: Ida y vuelta

·26 mins

Encerrado en una espiral. Por Eduardo Graells-Garrido + MidJourney.

Tras más de un año haciendo el doctorado comenzaron a surgir dudas dentro de mí.

Sí, estaba en una situación privilegiada. Era fascinante el entorno en el que me encontraba: uno de los laboratorios más importantes en ciencias de la computación, donde las personas provenían de múltiples continentes, en distintas circunstancias de sus vidas, con temas de investigación de aplicación práctica e impacto a nivel mundial. Todas eran personas inspiradoras. Siempre había nuevos temas a descubrir, tanto académicos como de la vida fuera del laboratorio.

Aunque estaba inmerso en un ambiente fructífero no lograba avanzar. Al comparar mi inglés, mis ideas, mis publicaciones, y hasta mi potencial con los demás, siempre salía mal parado. Mis cálculos tampoco eran optimistas: era el mayor de mi generación, y si calculaba alguna tasa de contribuciones a la ciencia por año de vida, ya no llegaba a tiempo para destacar en ninguna carrera. En el laboratorio, en España y en Chile había investigadores a tiempo completo más jóvenes que yo, con más logros y más futuro. Me sentía frustrado y sin esperanza. En ocasiones también me sentía invisible, porque nadie reparaba en mi situación. El trabajo del tesista es, a fin de cuentas, individual.

El segundo año me sentí atrapado, en parte por mi inseguridad, en parte por mi ceguera. Lo resumo en tres partes: primero, cuando dudé en Barcelona si debía seguir en el doctorado; segundo, cuando nos fuimos a San Francisco para responder esa duda; tercero, y final, cuando volvimos a Barcelona, yo sabiendo que debía continuar en el camino. Este proceso terminó bien, porque ya no solo sabía por qué hacía un doctorado, sino también por qué debía terminarlo. También reafirmé, por fin y de una vez por todas, lo que era más importante para mí. A continuación describo los hechos, las comparaciones y las situaciones que me llevaron a esa conclusión.

Las dudas (Barcelona, marzo de 2012) #

Lo personal: Era feliz con la Pajarito y habíamos conocido grandes amigos. Disfrutamos Barcelona y con el pasar del tiempo dejábamos de sentir la lejanía de nuestro país. Como en Chile, teníamos un mundo común en nuestro matrimonio, pero también esferas únicas para cada uno. Fuera del ambiente académico yo había encontrado una comunidad con la que jugaba Street Fighter. La Pajarito también había conocido gente a través del diplomado que estaba cursando.

Lo académico: Todavía no entendía lo que significaba hacer un doctorado. Me preguntaba si había sido la decisión correcta. La razón de comenzarlo estuvo clara en todo momento, pero no podía encontrar una razón para continuarlo. Era una aventura riesgosa, como cruzar un puente de cuerdas sobre un barranco, y a medio camino me paralizaba saber la altura a la que estaba, los roqueríos que había debajo. Además, dentro del laboratorio era una rara avis, porque mi tema de investigación era de una disciplina distinta a la de los demás. Mis inseguridades afloraron: estaba rodeado de gente brillante y creía que era el peor de todes.

Vidas Extranjeras: Barcelona es una ciudad cosmopolita, pero unas personas son más cosmopolitas que otras. Me sentía excluido por considerarme más extranjero que los demás, en tanto si bien había diversidad de países, muchas personas tenían una identidad compartida, porque eran de Europa, o bien, a pesar de ser de países no europeos, tenían la posibilidad de viajar a donde quisieran, porque sus pasaportes les abrían puertas, o porque estaban más cerca que Chile, por lo que viajar era más barato. Los trámites migratorios eran más complejos para nosotros. El trato de la policía era distinto para un expatriado que para un inmigrante, como nos llamaban a los sudamericanos. En realidad, nosotros también elegíamos llamarnos así.

Vidas Locales: En Barcelona no logramos entender los movimientos políticos o sociales. Estábamos al tanto del movimiento independentista catalán, pero no lo comprendíamos. Tampoco veíamos las distintas injusticias sociales, quizás porque nuestro punto de referencia era nuestro país, donde todo parecía peor, al no tener una real seguridad social. En cambio, teníamos un interés genuino en saber lo que sucedía en Chile. Nos impactó el asesinato de Daniel Zamudio, cuya repercusión llegó hasta nuestra nueva ciudad. Me impactó después saber que conocí a uno de sus asesinos, un hombre que imitaba a Michael Jackson y que había compartido espacio conmigo: él también visitaba los Entretenimientos Diana que estaban en el Paseo Ahumada de Santiago seis años atrás. Yo iba a jugar Street Fighter, él iba por los videojuegos de baile. Era conocido en el ambiente, se decía que era estafador, que mantenía relaciones con varias mujeres y se desentendía una vez que quedaban embarazadas. Me pregunté si, quizás, por la popularidad de “Los Diana,” alguna vez el joven Zamudio también anduvo por allí, coincidiendo conmigo, o coincidiendo con quien lo golpearía brutalmente en un parque, años más tarde.

Cid, con quien pensaba trabajar: Llegué al doctorado gracias a Cid, el director del laboratorio. Científico de renombre en Chile, lo conocí cuando estudié en la Universidad de Chile, a través de los cursos de algoritmia que tomé con él. Luego se mudó a Barcelona, y desde allí me supervisó como ayudante de su investigación por tres años. Cid viajaba constantemente a conferencias y eventos, en Chile se bromeaba que él pasaba más tiempo en aviones que en tierra firme. A veces lo imaginaba como un ingeniero que viviese en barcos flotantes, como el personaje Cid Pollendina de Final Fantasy IV. Ambos se asemejan a esos enormes osos barbudos amables de los cuentos de fantasía. Y, tal como en Final Fantasy el personaje de Cid es un guía científico, él era mi guía doctoral. La palabra en inglés para el rol de guía es advisor, que me gusta más porque un guía acompaña durante el camino, mientras que un consejero aparece cual gato de Chesire, da un consejo (o un anti-consejo), y luego se desvanece dejando una sonrisa ambigua que tarda en desaparecer. Cid, en vez de desvanecerse, volaba.

Rafael, con quien trabajé: Rafael era mi co-advisor. En términos prácticos, con él trabajaba en el día a día. Rafael también viajaba, pero menos que Cid. Era alcanzable porque dirigía un grupo de investigación pequeño y los proyectos de quienes trabajaban con él impactaban directamente su trabajo. Además descubrí que era una persona atractiva para mí, me sentí identificado con él. Era latinoamericano como yo, y también era artista audiovisual, algo que yo quería ser. En sus viajes recolectaba sonidos, artefactos pequeños, ilustraciones de los lugares por los que había transitado; evidencias de las huellas que el camino dejaba en él. Era social también, en un momento organizó un potluck (en Chile se diría un malón, una reunión donde todos los estudiantes que trabajamos con él llevamos algo distinto) en el que nos abrió las puertas de su casa. Probamos muchas cosas nuevas ese día, de Italia, de Ecuador, de España. Fue una linda bienvenida al grupo. Esta imagen humana contrastaba con su recepción de mis resultados académicos. Ante un nuevo resultado, yo solía recibir tres tipos de respuesta. La primera: “no está bien.” Ya lo sabía, yo era una maquinaria de inseguridades y eso estaba claro. La segunda: “debes hacerlo distinto,” aunque no me decía cómo, a pesar de que se lo preguntaba. Asumí que debía descubrirlo, que era parte de hacer un doctorado. La tercera: “tienes que colaborar más con otras personas, no colaboras con nadie del laboratorio.” Mi timidez y el hecho de que mi tema de investigación no estuviese dentro de las líneas principales del lugar no me ayudaban a encontrar mi lugar, ni acercarme a otros investigadores. La colaboración con otres tesistas no contaba para esos efectos.

Logros de los demás: Mi principal punto de comparación eran mis compañeros de generación. Giuseppe, mi mejor amigo, y otros compañeros ya habían publicado uno o dos full papers en su primer año, publicaciones científicas de 8-10 páginas con una contribución contundente en conferencias importantes. Y a causa de eso habían visitado India, Japón, Estados Unidos, y otros países. Lugares que yo quería conocer también. Pero incluso en mi propio tema, la visualización de información, sentía que los demás lograban más cosas. En el problema de visualizar series temporales, es decir, datos donde para cada fecha hay uno o más números, Giuseppe propuso utilizar espirales de Arquímedes. En sí misma, la idea de usar espirales no es nueva, pero Giuseppe hizo un diseño que mezclaba una espiral con un gráfico tradicional, en una especie de metáfora visual inspirada en los cassettes. ¡En un tema que no era el suyo se le ocurrió algo novedoso para el mío! Mis ideas no tenían ese nivel.

¿Logros propios?: Tomé la idea de Giuseppe y la desarrollé. El resultado fue un short paper que escribí junto a Rafael, una publicación de cuatro páginas que fue aceptada en una conferencia. Era un buen evento para presentar el trabajo, sin embargo, no era de las que le importaban al laboratorio; no importaba, porque me emocioné de todos modos. Era mi primera conferencia internacional, en Lisboa. En términos académicos el viaje fue decepcionante, porque fui la última presentación en la conferencia. Ya se había ido mucha gente y quienes quedaban ya estaban cansados. Nadie le prestó atención a mi trabajo. Sí hice amigos y probé las delicias de la ciudad, como un pan con pescado frito que me recordaba al churrasco marino que venden en Tongoy y Coquimbo.

Moverse: Un tema de conversación común entre los doctorandos de la conferencia era hacer una pasantía, moverse a un lugar diferente por un tiempo, entre tres y seis meses. Varias personas me preguntaron cómo hacer una pasantía en el laboratorio. Era un lugar admirado por todos, tanto así, que algunas personas incluso me dijeron que me tenían envidia. Hasta ese momento yo desconocía el atractivo del lugar donde estudiaba, no porque haya asumido que todos los laboratorios fueran iguales, sino porque no conocía otras realidades excepto la chilena. Eso marcó aún más mi inseguridad, pues sentí que no estaba valorando ni aprovechando del todo mi situación.

Permanecer: Al regresar a Barcelona tuve una sensación desconocida: cuando el avión estaba sobre la ciudad y vi la Sagrada Familia desde lo alto me conmoví por estar de vuelta en casa. La Pajarito confirmó esa emoción, me sorprendió esperándome en el aeropuerto. En el tren a nuestro departamento pensaba en lo felices que éramos, teníamos todo lo que necesitábamos, por tanto, una pasantía no parecía necesaria. Ahora bien, la voz de Rafael diciendo “tienes que colaborar con otras personas, no colaboras con nadie” resonaba sin parar en mi cabeza, y con el paso de los meses vi que Giuseppe y otros compañeros obtuvieron pasantías en Google, en Twitter, en la Universidad de Cambridge, en Catar, y otros lugares. Me pregunté entonces: ¿debía permanecer en Barcelona?

La respuesta no surgió por iniciativa propia, más bien por una casualidad. En una red social un amigo chileno me contactó con una startup en San Francisco. La empresa buscaba a alguien que tuviera tres habilidades: programación, visualización, y conocimiento de videojuegos. Querían una persona a tiempo completo, pero dado el cruce inusual de habilidades que necesitaban, aceptaron que hiciera una pasantía. Parecía una buena oportunidad: el sueldo mensual era el triple de mi beca y nos pagaban los pasajes a Pajarito y a mí. Pondría en pausa el doctorado y evaluaría si lo continuaría, o quizás más que eso, descubriría para qué era bueno. Viajamos en el verano, después de que la Pajarito terminó sus clases en el diplomado. Parecía tiempo suficiente para probar un camino distinto y despejar mis dudas sobre el doctorado, de dar un paso al lado y entender mi relación con Rafael, con la investigación, con mis ambiciones académicas, con el laboratorio, y seguir descubriendo mundos nuevos con la Pajarito.

Parecía una buena idea.

La ida (San Francisco, julio de 2012) #

Tenía claro por qué había comenzado un doctorado. Lo siguiente era descubrir por qué continuarlo, necesitaba dar un paso al costado para siquiera plantearme opciones. Surgían en mi mente preguntas como: ¿desertar, como un traidor?¿retirarme, como un cobarde?¿fracasar? Esta nueva etapa era una oportunidad para darle forma a esa pregunta y, sobre todo, tomar una decisión.

Lo bello: Encontramos un departamento en arriendo en la calle O’Farrell, cerca de Union Square, la principal plaza de la ciudad. El edificio estaba en el barrio Tenderloin, que contiene el distrito cívico y está bien conectado con el resto de la ciudad. Anduvimos en los street cars, visitamos exposiciones de arte, fuimos a restaurantes mexicanos y japoneses. Íbamos a comer pastelitos y tomar café al barrio italiano. Recorrimos el Jardín Japonés del Golden Gate Park. Cerca de Union Square encontramos un lugar llamado South Town Arcade que hacía torneos semanales de Street Fighter, en los que me inscribía sin falta cada fin de semana. Además, Silicon Valley había atraído a varios ex-compañeros de ingeniería en la Universidad de Chile. Me reencontré con uno de ellos, Rodolfo, que vivía en San Francisco con su esposa Pía y su perro Kapo.

Lo triste: El Tenderloin está lleno de hoteles que fueron grandiosos en épocas pasadas, que hoy son pagados por el municipio para alojar a la multitud de personas sin hogar que deambulan durante el día. Gran parte de esas personas ya no están en el presente, viven en un mundo paralelo al que entran a través de la heroína. No pasaron muchos días sin que viésemos gente inyectándose, o cagando y meando en la vereda sin consciencia de sí mismes. Con el tiempo uno termina acostumbrándose a su presencia. Los homeless, así les llaman, gente sin nada, ni siquiera cordura, pidiendo el vuelto del pan a la salida de las tiendas de conveniencia, una mezcla de botillería y almacén. Esa situación precaria, tan visible, me hizo preguntarme si en Chile esa realidad estaba oculta, segregada. Porque en San Francisco bastaba cruzar una calle para encontrarse con edificios industriales reconfigurados como lofts, al que llegaban sus habitantes en autos convertibles.

Desertar de la Universidad: Rodolfo no terminó la carrera. Se fue en el tercer año por problemas económicos, a pesar de haber mostrado capacidades e incluso de hacer clases como ayudante. Comenzó a programar videojuegos en 2D, como los clásicos, aunque fue más allá: también programó utilidades para hacer juegos, y las publicó en la red de manera libre para que cualquiera las usara. Su código no pasó desapercibido: la que en ese entonces era la empresa más grande de juegos para redes sociales lo contactó. Comprobaron que además de ser hábil con el código también sabía relacionarse con otras personas, y lo contrataron. Rodolfo, que en el papel no era ingeniero, era más sabio y eficiente que muchos que sí terminamos la malla curricular. A través de nuestras conversaciones aprendí de su experiencia cultural y laboral, un paralelo distante de mi propia aventura en España. Pensé que si años atrás hubiese comparado las líneas de nuestras vidas, nunca habría pensado que se intersectarían. Me habría equivocado porque pensaría que son líneas rectas alejándose en vez de curvas que se amoldan al tiempo y al espacio.

Persistir en la Universidad: La historia de Rodolfo me hizo recordar la mía, que más de permanencia fue de persistencia. A decir verdad, el camino Ingeniería -> Doctorado era el único que concebí por muchos años. Terminé la carrera, no sin crisis intermedias, más bien, gracias a la sutil presión de mi padre, y también, la madurez de comprender el esfuerzo familiar en financiarme. Sabía que no podía pasar directamente al doctorado, en tanto necesitaba dinero y experiencia. Trabajé algunos años, de manera paralela como ayudante de investigación y como ingeniero. Mis trabajos como ingeniero eran insatisfactorios: o pagaban poco, o no tenían un buen ambiente ni se trabajaba en algo importante. Duré poco tiempo en cada uno. Ciertamente no sabía buscar trabajo, no tenía redes ni negociaba bien mi sueldo. En la universidad no me enseñaron esos temas, por el contrario, se pensaba que por ser “de la Chile” el camino estaba asegurado. No me importaba tanto eso porque sabía que llegaría al doctorado en algún momento, aunque no imaginaba el cómo. Me rechazaron varias veces de Becas Chile. Fue por casualidad, un día que me encontré con Cid en la universidad. Nos tomamos un café, le hablé de mi sinuosa vida laboral, de mi fracaso buscando becas. Me respondió que tenía una beca en un tema que podría interesarme, a sabiendas de que era distinto al que yo buscaba. Yo no consideraba aún que el camino hacia el doctorado pudiera tener estas etapas intermedias que podrían sacarme del itinerario. En San Francisco consideré, por primera vez, que cambiar de dirección no era malo.

Dime de qué te jactas: La startup era un lugar interesante, con un ritmo de trabajo distinto al que conocía desde Chile y Europa. No era más intenso en tiempo, por el contrario, el horario era sagrado y a las cinco de la tarde ya no quedaba nadie en la oficina. La diferencia estaba en la orientación a los resultados. Ser vendida en un billón de dólares era la meta de la empresa y tenía que lograrse. No había chamullo, no había excusas, no había pituto. No escatimaban en gastos a la hora de contratar gente, se necesitaban a las mejores personas para cada una de las tareas, de todo tipo: operacionales, técnicas, de gestión, de decoración del lugar de trabajo, y más. Aprendí que esa actitud y esa meta eran comunes en Silicon Valley. En esencia, una empresa definía una “receta secreta” (le llaman secret sauce) para resolver un problema, y luego demostraba por qué esa receta la hacía la mejor del mercado. Como todas hacen lo mismo, además del sueldo ofrecen perks, que no son solamente beneficios laborales, como podría ser un seguro de salud, sino comodidades como que haya servicio de comida gratuito, usualmente comida internacional o de buen nivel; lugares para jugar, tanto videojuegos como pin-pon o mesas de hielo. Las más grandes ofrecen lavanderías y gimnasio dentro de su campus, incluso llevan artistas a hacer conciertos y shows cada viernes. Veía esto como un exceso y hasta una contradicción con lo restrictivos de los horarios. Pero así es Estados Unidos, un país de contrastes revueltos que, sorprendentemente, funciona. En mi caso particular, si la empresa se vanagloria de trabajar con las mejores personas para cumplir su meta, no podía evitar sentirme validado, tanto en mis capacidades, como en mis dudas. Hasta ese momento estaba convencido de que desertar, cambiar de objetivos y asumir el fracaso era algo malo. Pero las startups cambian de rumbo todo el tiempo. Su meta es ser vendidas, si para eso necesitan desechar su secret sauce y buscar otra, lo hacen. Lo que importa es que mantienen los equipos, esa es la verdadera receta. De hecho, el problema para el que me habían contratado ya no existía dentro de la compañía. Habían cambiado de dirección varias veces, tantas, que ni siquiera recordaban por qué yo llegué a trabajar allí. Sí sabían que podía aportar, y eso era lo único que importaba.

Y te diré qué careces: Dentro de los perks nos llevaban comida de distintos restaurantes cada día. Así probé varios platos por primera vez, como la sopa vietnamita Pho, hecha con un caldo de carne, limón, cilantro, y fideos de arroz. Otros días tenían italiana, india, francesa, china, japonesa, y otras. Era imposible aburrirse. Hasta que llegó el turno de México, con tacos y otras preparaciones de tortillas. Recuerdo que estábamos en la mesa y nadie empezaba a comer. Noté que me miraban con curiosidad. Cuando pregunté qué sucedía, me respondieron: “Tú vienes de España, debes saber como se comen los tacos, ¿cómo los tomamos con las manos?” Primero pensé que era una broma. Pero no, en efecto no entendían que México y España eran dos países distintos, a lados opuestos del Océano Atlántico, con tradiciones culinarias diferentes. Me costó creer que gente técnicamente capaz fuese tan ignorante.

Team Building: Un día tomamos una pausa del trabajo técnico para trabajar en nuestra relación de grupo, con énfasis entre la interacción entre personas y la formación de equipos. El gerente de la compañía nos separó en grupos formados al azar y nos dio la siguiente misión: construir una torre de transmisión utilizando palitos de maqueta, hilo y cola fría, con un límite de seis minutos. En mi grupo imaginamos un diseño similar a la Torre Eiffel. En general cada grupo hizo algo similar, inspirándose en torres famosas. Fue entretenido, porque en mi grupo había personas con las que nunca había interactuado más allá de hello y see you tomorrow, y entre todas exploramos nuestra creatividad. Al cumplirse el plazo, todos los grupos dispusimos nuestras torres en una mesa, en secuencia. El CEO agradeció la participación y entusiasmo, y comenzó a poner a prueba las torres poniéndoles peso o dándoles un pequeño golpe. Una a una comenzaron a caer, incluyendo la nuestra. Quedaron todas en ruinas excepto la última.

Personal Growth: Imaginamos nuestra torre y la construimos, tal como hicieron casi todos los grupos. El gerente nos contó que la única que quedó en pie se construyó en tres etapas de dos minutos cada una, verificando en cada etapa que fuese resistente. Después dijo:

“El tiempo nunca alcanzará para una única etapa de construcción perfecta. Por eso es importante iterar. Y la velocidad de la iteración es más importante que la calidad de la iteración.”

Al escuchar eso surgieron en mi mente Las Meninas de Picasso que había visto el año anterior. Entendí el por qué de esos ejercicios, de ese itinerario, de esas iteraciones. Hice un paralelo con el trabajo que había realizado en el doctorado, sin lograr identificar alguna idea o proyecto que fuese el paralelo de la torre que se mantuvo en pie a pesar del rayo que le cayó del cielo, encarnado en las manos del CEO. Las torres destruidas, en cambio, sí se asemejaban a mis ideas y proyectos. La manera en la que había trabajado toda mi vida estaba basada en la atomicidad inseparable de las ideas, imaginaba una obra, un programa, un texto, y solo consideraba que tenía una oportunidad para hacerlo realidad, un intento, que podía ser interminable, podía ser sufrido, podía ser pausado incluso, pero seguía siendo siempre único, atómico. En mi concepción del funcionar de las cosas, no hacerlo así era impuro, indebido, peligroso. El concepto de iteración no estaba dentro de mí, porque iterar implica aceptar que lo hecho puede fallar. Deseé, entonces, una nueva oportunidad para investigar, para iniciar una nueva iteración. Debía volver al doctorado.

Lo dicho: La última semana del trabajo, dos antes de partir de San Francisco, le presenté el resultado de mi trabajo al gerente. Había aplicando técnicas de visualización a la exploración de datos en el servicio prestado por la startup. Me dijo que era genial, particularmente, awesome, y lo último que me dijo al despedirse fue “lo usaremos.”

Lo hecho: Después descubrí que awesome no significa genial, sino solamente que está bien. Además la empresa nunca utilizó mi proyecto, no porque solo estuviese bien, sino porque antes de que sirviera de algo, la empresa ya había cambiado de dirección.

Lunes a Viernes: Mientras duró mi rutina laboral, la Pajarito me fue a buscar a China Basin todos los días. A veces volvíamos a casa caminando, cada día en una ruta distinta, otras, paseábamos o íbamos a comer. Un día visitamos el MOMA (Museo de Arte Moderno), vimos una exposición de surrealismo que tenía obras de Roberto Matta. Con sus imágenes me di cuenta que extrañaba Chile más de lo que creía. Me hubiese gustado estar frente a “Ojo con desarrolladores” en el Museo Nacional de Bellas Artes y luego ir a tomar algo por Merced como lo hacíamos cuando nos conocimos, cuando nos habíamos visto por primera vez en el Metro Universidad Católica.

Sábado y Domingo: Los fines de semana iba a los torneos en South Town Arcade, entusiasmado por volver a sentir la nostalgia de los videojuegos de barrio y la competencia contra otras personas. En España conocí gente que jugaba, pero no había un lugar como ese, que me recordaba los mejores años del Paseo Ahumada.

Lo que asumí: La Pajarito lee y ríe, cuando yo estoy y cuando no. Una de sus citas favoritas es “la vida tiene dos placeres, los placeres de la carne y los placeres de la lectura.” Como ambos (nos) disfrutábamos, asumí que ella era completamente feliz, que siempre lo ha sido.

Lo que ignoré: No me di cuenta que ella habría sido más feliz conmigo recorriendo la ciudad, siguiendo dando vueltas por los mismos lugares en los que pululábamos durante la semana, esta vez con más luz y con menos prisa, en vez de dejarla en casa leyendo, con la posibilidad de moverse en una ciudad con la que no comparía el idioma. Esto fue evidente el último mes, cuando se acabaron los torneos de manera inesperada: cerraron el lugar porque el dueño del local comercial les impuso un alza abrupta en el arriendo. Ella me dijo que estaba feliz por el cierre. Inicialmente lo sentí como un ataque hacia mí, pero cuando me dijo el por qué y vi el brillo húmedo de sus ojos, supe que yo hasta ese momento preferí las máquinas, sean de trabajo o de juego, por sobre nuestro vínculo. La Pajarito me veía tan entusiasmado que no me decía nada, y yo, en mi ceguera, comenzaba a perderla. Ella me ama, lo sabía y lo sigo sabiendo, pero ese amor debo nutrirlo y mantenerlo vivo.

Un encuentro: Poco antes de volver, ya decidido a retomar la investigación, almorzamos un día con Vanessa, una investigadora que había estado en el laboratorio por varios años, que consiguió un nuevo trabajo en Estados Unidos. Le conté sobre mi aventura buscando preguntas y respuestas, que solo me quedaba responder una por el momento: buscar alguien con quien colaborar. No sabía cómo hacerlo porque no veía temas en común con otras personas en el laboratorio. Me recomendó hablar con una investigadora que había llegado hace poco al laboratorio. Su nombre era Rosalie. Era de Algeria y dentro de los temas que trabajaba el laboratorio, el suyo era probablemente el que estaba más lejos del mío. Vanessa me explicó que buscar los puntos de intersección con otras disciplinas también es investigar.

Una despedida: Nuestra última noche en Estados Unidos nos quedamos en el departamento de Rodolfo y Pía. Les regalamos un vino y un libro chileno que sabía que no se podía encontrar en Estados Unidos, “Un año” de Juan Emar. Jugamos con Kapo, hablamos de planes, de los eternos deseos de volver a Chile que siempre se postergan ante las posibilidades de crecimiento que se tienen fuera, de lo que significa ser hijos de profesores, algo que compartía con Pía, de lo ambivalente que es el sentimiento por el paso en la facultad de ingeniería de la Chile, algo que compartía con Rodolfo. Fue una velada tierna y melancólica. Sin embargo, no fue inolvidable por eso, sino por lo que sucedió después de comer, cuando recibí una noticia inesperada desde Chile: Catalina, una ex-compañera de Rodolfo y yo, falleció en una clínica. Su esposo la había golpeado hasta dejarla inconsciente. No éramos cercanos, pero de vez en cuando veía en Twitter lo que ella publicaba, y sabía que teníamos algunos gustos en común, y que se veía feliz. Su esposo era ingeniero también.

Esa noche pensé en cómo la cultura machista se percola en nuestros cuerpos y llega a estar dentro de cada uno de nosotros incluso cuando pensábamos que no era así, que no teníamos un virus de maldad adentro. Recordé el crimen de odio contra Daniel Zamudio, donde fue directo apuntar a los culpables, que provenían de entornos marginales, donde sí, había odio, pero también habían carencias que a veces distraen a la hora de interpretar lo sucedido. Del esposo de Catalina, en cambio, se decía que era un buen vecino, que perdió el control. No parecía haber explicación de lo que había sucedido porque parecía una buena persona, porque era ingeniero. Y pensé, quizás, si debía cuidar a la Pajarito de mí en el camino que teníamos por delante.

La vuelta (Barcelona, noviembre de 2012) #

De vuelta en nuestra ciudad, el siguiente paso en mi doctorado fue contactar a Rosalie. Me sugirió participar en un proyecto que ella lideraba. Descubrí que, en efecto, no teníamos nada en común. No había herramientas, conceptos, ideas que nos unieran, excepto estar físicamente en el mismo laboratorio. Me dijo que justamente eso le emocionaba de que colaboremos, porque ella aprendería de mí.

¿Dónde estaba Giuseppe?: Justo antes de nuestro regreso, Giuseppe partió a su pasantía en Silicon Valley dentro de Google. Encontró un grupo de investigación que trabajaba con música. Estaba feliz y entusiasmado. Nos veríamos de nuevo en marzo del 2013. Lo extrañamos en nuestras veladas de comida con Dolores, que pronto también emprendería una pasantía en otra ciudad de España.

¿Dónde estaba Rafael?: Rafael fue invitado a una universidad china por seis meses como profesor adjunto. Le escribí, contándole que estaba feliz porque me sentía más fuerte al regresar. Le dije que seguí su consejo y encontré a alguien con quien colaborar. Su respuesta fue un mensaje de una sola línea:

“Puedes colaborar con quien quieras menos con ella.”

Sus palabras me descolocaron. No entendí a qué se debía esa reacción, me pregunté si acaso tenían una rivalidad personal. Rosalie no me había mencionado nada al respecto, y ella sabía que Rafael era mi co-advisor. Ella no tenía la obligación de contarme si habían problemas entre ellos, pero en caso de ser relevante pudo negarse a trabajar conmigo, y no lo hizo.

Quienes trabajaban con Rosalie: Pensé en una compañera alemana del doctorado que trabajaba con Rosalie. Era eficiente y centrada. Esta vez, con una visión más profunda, noté las interacciones de segundo orden, al descubrir cómo eran sus reuniones con Rosalie, de cómo le daba espacio para crecer y para expandir su desarrollo. Esas posibilidades me eran desconocidas hasta ese entonces.

Quienes trabajaban con Rafael: Comencé a ver que quienes trabajábamos con Rafael no estábamos bien. Antes, al observar, me enfocaba solo en lo que deslumbraba, por tanto, solo veía mis sombras, y no mi propia luz. Teniendo eso en cuenta, un día que Cid estaba en el laboratorio fui a hablar con él a su oficina. Le conté mi historia. Se giró, miró el Mediterráneo (la suya es la única oficina del laboratorio que tenía vista al mar), y luego de un minuto de reflexión me preguntó si quería trabajar con Rosalie como advisor. Respondí que sí, no tuve que pensarlo mucho. “Una última cosa,” me dijo antes de que saliera de la oficina. “¿Quieres que hable con Rafael?” Respondí que era algo que debía hacer yo. Antes de marcharme aproveché de hacerle una pregunta. Yo veía las características de mis compañeros y compañeras, y sabía en qué destacaba cada persona, era inevitable compararme. Entonces, le pregunté por qué me había ofrecido la beca. Era una pregunta difícil para mí, porque tenía notas regulares en ingeniería cuando lo conocí, y no destacaba en nada específico. Respondió:

“Eres alguien que quiere aprender constantemente y eso es lo que necesitamos en este laboratorio.”

Descubrí, también, que Cid estaba más cerca de lo que creía. Solo tenía que tocar la puerta y entrar. En cambio a Rafael nunca lo alcancé, es más, a él no le importó que yo cambiase de advisor. ¿Por qué habría de importarle? Lo habían ascendido y ahora tenía a cargo equipos en otras ciudades donde estaba la empresa. Él conseguía lo que quería, algo que no está mal en sí mismo, pero sin medir el daño colateral ni preocuparse por las personas que estaban a su alrededor.

Esa noche, mientras se prendían las luces de la Iglesia de Santa María del Mar, abracé a la Pajarito en la terraza y le conté lo que había sucedido. Juntos mirábamos las torres encendidas de verde, y yo pensaba que no solo quería aprender, también quería amar y cuidar lo nuestro.