Hacer un doctorado era uno de mis sueños. Uno en el que mi esposa, la Pajarito, decidió acompañarme. Estábamos solos en una ciudad desconocida, sin amigos, donde se hablaba otro idioma, con un inventario vacío porque se había perdido nuestro equipaje. Sin un hogar al cual llegar. Tendríamos que descubrirlo todo del mismo modo que en un juego: hablando con gente y viviendo aventuras. Pensé que así se sentiría el preludio de algún Final Fantasy. El punto de partida era el invierno, como en el VI, mi favorito.

Preludio

Comenzamos arrendando una habitación en un departamento compartido. Lo encontramos en una página de avisos turbios, que tenían más disponibilidad y variedad que las páginas más serias. Casi nadie quería arrendar una habitación a un matrimonio.

Nuestra pieza estaba en la quinta planta, equivalente a un octavo piso en Chile porque se parte en la planta baja, luego hay un entrepiso, luego una planta principal, y finalmente la planta uno. No tenía ascensor. No era pequeña, aunque el espacio se lo quedaban los muebles empotrados de madera hechos a medida como piezas de Tetris instaladas por la casera catalana. Una noche apareció una araña de rincón en nuestra cama. Era negra y roja, como las de Chile. Rápida y escurridiza, se perdió detrás de los muebles deformes. ¿Y si nos picaba después?¿Si había más debajo de la cama que no se podía mover? Nos levantamos y fuimos a un supermercado abierto las 24 horas. No existía el veneno para arañas. En Google no encontré nada similar al raid que teníamos en Chile. En España, la picadura de una araña así no era tan distinta a la de un mosquito.

El ajuste fue difícil y tomó tiempo. El piso estaba ubicado en el distrito del Ensanche (Eixample en catalán), un lugar que visto desde arriba, como la perspectiva de los juegos de rol 2D, era una grilla perfecta de calles que ensambla la ciudad. Su centro era el Paseo de Gracia, con un par de edificios modernistas de Gaudí, y decenas de edificios que intentaban imitarlos. Un barrio que estimulaba la caminata y la imaginación, sin rascacielos que robaran la luz. Su belleza y sus árboles no evitaban que algunos días me despertara desorientado, sin reconocer el colchón, la ampolleta, ni las junturas del techo. ¿Dónde estoy? La respuesta se distraía en el camino, se movía como la araña entre los armarios, recorría mi memoria tal como nosotros recorremos las calles, maravillándonos con balconcitos llenos de flores y plantas, ropa interior colgada a vista de todos, bares que abrían todo el día, lugar de encuentro diario de los viejos del barrio. Nos perdíamos en los pasajes que daban hacia el barrio Gótico y probábamos sabores italianos, turcos, japoneses, y dulces de la época. Las calles no estaban orientadas como en Santiago (si es que seguían orientación alguna), no había una cordillera que me sirviera de referencia. En ocasiones una pregunta sencilla me era imposible de responder: ¿por dónde sale el sol?

Mi primer laberinto

Al laboratorio donde haría el doctorado le decía lab. Y aunque era un lugar estimulante, fue difícil desenvolverse en él. Me estresaba presentarme, decir mi nombre, de dónde venía, y la descripción de mi tema principal de investigación. La primera vez que lo hice olvidé lo que quería decir, peor, sentí que nadie se interesó en lo que dije. A los pocos minutos se me olvidaron los nombres de todas las personas que conocí.

Las semanas siguientes no fueron mejores. Se socializaba al encontrarse en los pasillos y tomarse un café, o al jugar futbolín (así le llamaban al taca-taca). Alrededor de los jugadores de madera se contaban anécdotas, se definían problemas de investigación, se planificaban panoramas para las noches y fines de semana en la ciudad. Yo, que entendía cada palabra, al momento de querer expresar algo solamente aparecían puntos suspensivos en el aire. Terminé alejándome porque ni siquiera sabía jugar bien al taca-taca. Los demás hacían magia con la pelota, incluso sin girar las piezas como remolinos. En los tiempos de descanso terminé disfrutando la espléndida vista de la Sagrada Familia y sus eternas grúas.

Tampoco almorzaba con mis compañeros. No tenía dinero, casado la beca rendía mucho menos. Tenía un punto bueno, almorzaba con la Pajarito. Nuestra rutina era sencilla y agradable: la Pajarito cocinaba en las mañanas, me llevaba el almuerzo en bicicleta, usando el sistema público. En Barcelona no le daba miedo pedalear, había pocos autos y muchas ciclovías. Comíamos y caminábamos por los alrededores del lab. Una vez fuimos a la rambla del Poble Nou y llegamos a la playa. Me demoré mucho en volver. Nadie me preguntó el por qué.

La primera aventura en el lab fue un demo day, una instancia donde cada doctorante presenta a los demás lo que ha hecho con un prototipo funcional, una prueba de concepto de lo que se quiere lograr. Me llamó la atención el proyecto de mi compañero Giuseppe Trieste. Su proyecto era un explorador de noticias. Giuseppe decía que, a medida que hacemos clics en artículos creamos un rastro de información único, como si dejáramos migas de pan virtuales en nuestro camino. Él quería utilizar esos registros para que los sistemas se adaptaran mejor a las personas, y no al revés, como sucedía en la Web, donde nuestra dieta de información estaba a merced de lo que decidieran los ingenieros y sus algoritmos de recomendación de contenido. Se me ocurrieron sugerencias, pero no me atreví a levantar la mano y decirlas en voz alta con todos mirándome. Temí hacer el ridículo, no sabía si serían buenas ideas ni si podría decirlo en inglés.

Después del evento le escribí un correo. Al recibirlo, se incorporó, frenético, y fue a buscarme a mi puesto, no lejos del suyo, para interactuar con su sistema. Para mi sorpresa hablamos sin problema, con fluidez. Como éramos dos no me sentí inseguro.

En Final Fantasy los laberintos suelen tener tesoros escondidos. A veces se encuentran por suerte, por haber tomado riesgos siguiendo un camino que parecía inseguro. Otras veces el mismo tesoro tiene un brillo tenue y pequeño, revelado solo a quienes observan todo con minuciosidad. En esa conversación vi un tesoro. En una esquina de su pantalla, casi tapado por una ventana de terminal que no paraba de mostrar resultados de análisis de datos ejecutándose en el momento, se reproducía un video musical. Con curiosidad, le pedí que lo mostrara. Era un videoclip del juego Final Fantasy VII. Le conté que me gustaba Nobuo Uematsu, el compositor de ese juego, y de todos los Final Fantasy que existían hasta ese momento, que cuando trabajaba en Chile solía escucharlo a diario mientras programaba. Nos fuimos a la sala de estar y hablamos de música de juegos hasta que oscureció. Salimos juntos del lab, caminamos hasta la estación de metro Glories, donde Giuseppe tomaba una bicicleta hasta su hogar en la Barceloneta, y yo tomaba el metro de vuelta. Antes de despedirnos nos dimos cuenta de que yo intentaba hablar en inglés, mientras que él intentaba hablar en castellano. Acordamos ayudarnos corrigiendo nuestros errores en el futuro.

La Pajarito y la biblioteca

Cada día, después de almorzar conmigo la Pajarito se devolvía sin prisa, visitando el centro histórico, aprovechando lo amplia que era la oferta cultural gratuita. A veces buscaba trabajo. Como psicóloga no podía ejercer, el costo de validar sus estudios era inalcanzable para nosotros en ese momento. Dejaba su currículum en librerías y tiendas de moda para ser vendedora. No recibían su currículum por ser extranjera.

En vez de encontrar un tesoro en el laberinto, el tesoro la encontró: un día recibió un correo de un psicoanalista Lacaniano que había conocido en la universidad. Él evaluó un trabajo de la Pajarito sobre su película favorita, The Pillow Book de Peter Greenaway. En el correo, el psicoanalista le contó que caminaba por la Ciudad de México. Que, al observar un edificio al azar, al maravillarse con su arquitectura y los textos sobre la fachada, recordó la película, e instantáneamente la recordó a ella, más bien a su escritura. Desde que la conocí, la Pajarito podría pasar horas hablando de psicoanálisis, de escritura, piel y cuerpo. Tal como lo hacía la película. Me inspiraba su entusiasmo, su capacidad de estimular la memoria a través de historias como quien extrae música a una cítara con sus dedos.

En su respuesta la Pajarito le contó que sus planes de ser psicoanalista estaban en pausa, que se había mudado a Barcelona. En un segundo correo el psicoanalista le sugirió visitar a un colega, Carlos Libedinsky, cuyo despacho se encontraba en la Vía Augusta, en medio de un distrito comercial adinerado aunque sin el glamour modernista del Paseo de Gracia.

La biblioteca de Libedinsky tenía más de seis mil libros, incluyendo las obras completas de Sigmund Freud, los seminarios de Jacques Lacan, toda la obra traducida de Yukio Mishima, y otras obras que Pajarito exploró con libertad mientras conversaban. Imaginé una biblioteca con formas geométricas y colores cayendo desde tragaluces. También me contó que le habló de mí al psicoanalista. No me diría sobre qué, me dijo con una mezcla de timidez y picardía.

El color azul

Visitamos el Museu Picasso en un día de puertas abiertas. Ubicado en una calle angosta del barrio Born, en la que el sol llegaba al suelo al medio día exacto, con los rayos de luz clavándose entre las piedras del suelo como una jabalina. Así estuvimos esperando en la calle que fuese nuestro turno para entrar a la casona medieval.

Ese día había dos exposiciones principales, una dedicada al Período Azul de Picasso y otra a Las Meninas. Conocer las obras populares de Picasso por Wikipedia, por muy alta resolución que tengan las imágenes, no entregaba la materialidad que suponía estar de pie y mirar frente a frente cada obra. Del período azul, me desgarró Les deux saltimbanques. Fue como verse desnudo en un espejo encantado, pero la desnudez no era mi carne, era lo que entendía estaba separado del (de mi) cuerpo, el yo. Vi en el reflejo que no me sentía seguro de mi tema de investigación, tampoco de mi sociabilidad, y me pregunté si sería siempre un desadaptado, en una ciudad donde no sabía para qué había venido, porque nadie me explicaba qué significaba hacer un doctorado, sin ningún camino trazado, porque nadie me decía cómo seguir avanzando, teniendo que descubrir constantemente cuál era la siguiente etapa. Para mí, para la Pajarito. Constantemente tenía dudas que me angustiaban. No le conté a la Pajarito que me aterraba no saber salir del estancamiento porque temía que cayéramos los dos. Que el propósito primario de este viaje haya sido mi formación me imponía una responsabilidad mayor. Eso creía en ese momento.

En la siguiente exposición se mostraba Las Meninas de Picasso. No fue solo una versión, fueron cincuenta y ocho, cada una un experimento diferente, un paso más hacia la visión que quería plasmar en su lienzo. En vez de liberar al mundo esa única visión, presumiblemente la última, Picasso exhibió cada experimento, dándome a entender que el resultado de una investigación no se obtiene de inmediato, ni de un brinco, ni sin replantearse el destino durante el camino. La prueba y el error eran necesarios, los desvíos eran la columna vertebral del proceso. Ése era el secreto que buscaba, en el sinuoso camino de la investigación. Nadie me lo había descrito porque debía descubrirlo por mi cuenta.

Una nueva vieja sensación

Giuseppe era cinco años más joven que yo. Había entrado directamente a un doctorado luego de licenciarse. Además en Europa las carreras profesionales son más cortas, su programa de informática duró cuatro años, más dos de un master; el mío, seis, y además me retrasé dos años y me tomé dos más para hacer el magister. Aún así hicimos clic, no parecía haber una brecha generacional en nuestras perspectivas de la vida, algo que yo sí percibía con quienes eran ligeramente mayores a mí. Sí había una brecha tecnológica, porque su versión favorita de Final Fantasy era la VII, no la VI. Final Fantasy VII estuvo disponible para PlayStation, una consola creada algunos años después que el Super Nintendo, y que presentó un cambio abismal, de gráficos en dos dimensiones a mundos virtuales en tres, de música sintetizada por un chip a samples de instrumentos reales.

—¿Ves esta canción?—me dijo una tarde. Se refería al tema One Winged Angel, correspondiente al último jefe de Final Fantasy VII.

—En castellano las canciones no se ven, se escuchan—corregí.

—No, lo digo en serio, yo las veo. Toma, pruébalos—dijo, pasándome sus audífonos Sennheiser.

—¡Qué viejos tus audífonos!

—Sí. Eran de mi papá, tienen más años que yo—explicó. Sentí una leve envidia por no tener un objeto que me vinculara a mi padre, ni en Barcelona ni en Santiago.

Giuseppe apoyó una oreja en un lado, con un gesto me indicó que hiciera lo mismo. Presionó play.

Estuans interius / Ira vehementi—dijo el coro de la canción.

Pausa.

—Significa “quemándose por dentro con rabia violenta.”

Play. Pausa.

Yo escuchaba ruido, él me explicaba que era caos. Play. Pausa. Estática, niebla. Play. Pausa. El sonido armónico de percusiones complejas y sus conexiones con el resto de los instrumentos adquiría un volumen sinérgico: el todo es más que la suma de las partes. Lo que Giuseppe relataba me ayudó a darle un nombre a la sensación que me producían sus ideas y el código fuente de sus proyectos. Algoritmos de creación con rabia violenta. Así como yo programaba como quería escribir, él programaba como quería componer.

Esa tarde llegué a casa con un sentimiento que creía olvidado. El de tener un nuevo amigo.

Una decisión de la Pajarito

En su última reunión con Libedinsky, él le preguntó a la Pajarito qué pensaba hacer. Había llegado la hora de formalizar esa relación. ¿Iba a psicoanalizarse con él, para iniciar su formación como psicoanalista Lacaniana? Analizarse era una decisión mayor, una meta que siempre había deseado. La idea de que todavía le faltaba experiencia de vida para analizar la hacía dudar. Respondió que lo pensaría.

Cuando quería pensar, la Pajarito caminaba por el barrio de Santa Caterina, en el casco antiguo, de calles comerciales para gente local, con vitrinas de ropa china, dulces, verduras, poleras, outlets de zapatos, y algunas librerías pequeñas. Mientras pensaba en la propuesta de Libedinsky vio un edificio al que no le había prestado atención antes, otra de las tantas casonas medievales restauradas. Era un centro comunitario para mujeres llamado Espai Francesca Bonemaison. Adentro se presentaba un diplomado de género para políticas públicas. En el vino de honor conoció a una mexicana que iba a estudiar a la biblioteca del Espai. A ella también le gustaba Peter Greenaway y leía a Lacan. Conversaron toda la tarde, como no lo hacía con nadie aparte de mí en los cinco meses que llevábamos en la ciudad.

Esa noche la Pajarito me habló sobre ella. Su nombre era Dolores. También vivía en un departamento compartido, aunque llevaba ya un par de años en la ciudad. Incluso había trabajado “en negro” en diversos restaurantes. Sus condiciones eran mejores, vivían tres personas juntas y había dos baños. Nosotros en cambio ya no soportábamos el lugar. Con ocho personas compartíamos un único baño. Sumado al sube y baja interminable de las escaleras, la televisión se apagaba a las 12, el agua caliente empezaba a funcionar a las 7, solo podíamos lavar los sábados, la cocina no tenía horno, las ambulancias al Hospital Clínic pasaban cada noche despertándonos con sus sirenas. No podíamos follar sin pensar que todo el edificio se enteraba de que estábamos haciéndolo. Vislumbramos la búsqueda un nuevo nido para nosotros.

Una sidequest

En el blog del Museu Picasso encontré un llamado a participar en una hackathon, un evento que convocaba a programadores y diseñadores para concebir el prototipo de una aplicación, con el objetivo de democratizar colecciones digitales de patrimonio. En dos días había que crear e implementar la demostración, una prueba de concepto de la idea. Un premio de mil euros fomentaría la continuación del desarrollo. Era un valor tentador, casi el total de mi beca mensual. Sugerí a Giuseppe que participáramos. No solo seríamos un buen equipo, podía ser una oportunidad para aprender y hacer algo diferente. Yo aportaría mi supuesta manera racional de ver los problemas y mi experiencia trabajando en código; él, su curiosidad y entusiasmo desbocados, sus habilidades de presentación.

Fuimos a la cafetería del laboratorio a hacer una lluvia de ideas. Giuseppe llevó un paquete de galletas de cacao con estrellas glaseadas. No podía concebir el día sin haberlas remojado en café con leche, algo así como las galletas Tip-Top para mí. Cada vez que Giuseppe viajaba a Italia volvía con una maleta llena de galletas de chocolate.

—¿Y si las pinturas del siglo XVII son equivalentes a los posts en social media hoy? Si Leonardo hubiera taggeado a la Gioconda, hoy sabríamos quién era ella—comentó.

Remojamos nuestras galletas, pensando.

—También podríamos usar Wikipedia y así sabríamos con quiénes se relacionaban los artistas—sugerí.

Remojamos más galletas. Nos miramos. Nuestras mentes convergieron,imaginando simultáneamente una aplicación para navegar por la red de conexiones entre artistas y sus obras, alimentadas con datos abiertos y con los datos de la organización. Sumergimos más galletas hasta que se acabaron nuestros machiattos hechos con la cafetera profesional que tenía la oficina. Teníamos un proyecto, una dirección, una aventura paralela a nuestros doctorados.

Encuentros fortuitos

Al mes siguiente encontramos un ático junto a la Iglesia de Santa María, en un sector cercano al barrio Gótico, donde los nombres de las calles provienen de las profesiones que se ofrecían en cada una durante el medioevo. Nosotros estábamos en la calle de las trompetas, pero también había de los escuderos, de los encurtidos, de las lavanderías, y más. Parecía que el tamaño de las calles dependía del grado de necesidad de lo que se vendía en ellas, porque la calle de las trompetas era angosta y corta, y la calle de los escuderos era larga y comercial.

Tener nuestra propia cocina nos motivó. Los fines de semana yo hacía postres, mi especialidad era la leche asada (que nuestros amigos insistían en llamar flan). Durante la semana la Pajarito cocinaba platos salados. Otras veces hacía pan. Un día hizo marraquetas para que comiésemos choripanes a la once. Cuando yo regresaba del laboratorio en bicicleta, mientras esperaba en un semáforo cerca del Parc de la Ciutadella, apareció Giuseppe junto a mí en el carril. No habíamos coincidido ese día, porque tuvo que hacer trámites relacionados con extranjería. Pensé en invitarlo a comer con nosotros. Tenía un teléfono celular, pero no tenía plan de datos ni de llamadas, por lo que no pude llamar a la Pajarito para preguntarle. Ella lo conocía, y le caía bien, de hecho, Giuseppe había probado sus empanadas de pino. Así que lo invité y fuimos juntos al nido. Sugirió pasar a una tienda de cecinas frente a Santa María del Mar para comprar buen jamón ibérico y queso. Luego subimos al séptimo piso en las escaleras angostas e irregulares de la finca. Tampoco teníamos ascensor, pero en ese barrio no había ascensores excepto en los edificios reformados. Éste parecía construido a pulso, como si cada piso hubiese sido agregado sobre el otro algunos años después por las personas que vivían ahí. Cuando abrí la puerta encontré a la Pajarito friendo los chorizos y a Dolores picando tomate en la cocina. Al mediodía Dolores había llamado a la Pajarito, invitándola a salir en la tarde. Sucedió una conversación paralela: también los choripanes, también las marraquetas, también la invitación. Entonces Dolores compró una botella de vino y los ingredientes para preparar Pico de Gallo, que es igual al Pebre chileno: tomate y cebolla picadas, cilantro, ajo. Hablamos de comidas típicas, de los colores de las banderas de México e Italia, de que Dolores y Giuseppe estaban de cumpleaños el mismo día. Tanta coincidencia parecía sacada de la historia de un juego de fantasía.

Comenzamos a vernos seguido. A veces nos reuníamos en nuestro hogar. Hicimos completos, empanadas de queso, y yo aprendí a hacer asados, aprovechando que teníamos una terraza. Algo que nunca había hecho en Chile, porque no tenía dónde hacerlo, y cuando se hacía en un lugar adecuado siempre había un parrillero designado. Otras veces nos veíamos en el departamento de Dolores, en Gracia, al norte del ensanche, donde comimos distintas preparaciones de frijoles, enchiladas y pollo con mole poblano. El mole me sorprendió, es una salsa con más de cuarenta ingredientes, entre ellos cacao y múltiples especias, y por supuesto, ají. Es áspera y amarga, es exquisita. Giuseppe también cocinaba. En su departamento, en plena playa de la Barceloneta, nos solía preparar distintas variaciones de risotto: con zapallo italiano (calabacín en España), mariscos, champiñones, tomate.

Una de esas noches primaverales en la Barceloneta salimos a sentarnos en la arena. Como ya habían cerrado los chiringuitos, compramos cerveza a los pakistaníes que la vendían a un euro en la calle. Conversamos hasta que, sin anticiparlo, descubrí la respuesta a una pregunta que había dejado de hacerme. Vi el sol salir por el mar.

¿Hackers o piratas?

Llegó el día de la hackathon. Me tiritaron los ojos cuando llegamos al lugar, la biblioteca del Museu Picasso, ubicada en la calle posterior al museo, en una plaza oculta llamada Flassaders. De acuerdo a la traducción, es la calle donde se fabricaban mantas, un pasado del que quedan piedras y nombres. En mi nerviosismo me pregunté si algún día habría una calle de los Hackers. En catalán se utiliza la expresión pirata informàtic pero no es una traducción adecuada, ya que el o la hacker es una persona que exprime un sistema informático más allá de sus capacidades aparentes, no es necesariamente un pirata.

En total éramos diez equipos de hackers, provenientes de toda Europa. El único latinoamericano era yo, que para efectos prácticos contaba como alguien de Cataluña, más por mi apellido que por vivir ahí. En el cóctel inicial conocimos a Jaume Sabadell, un catalán de voz ronca que parecía hablar a través de un agujero en la garganta. Siempre enojado, a cada palabra que decía levantaba la voz más y más. Afortunadamente mantenía cortas sus frases. Se definía como activista de la cultura libre, en verdad era un fundamentalista condenado a ser oprimido para siempre. Reclamaba que la hackathon no era de hackers verdaderos, porque no había colaboración sino competencia. Repetía que quienes estábamos allí “venían por la pura pasta”. No estaba tan equivocado. Queríamos la plata, también queríamos colaborar y aprender. No era excluyente.

Después nos sentamos en nuestros puestos, equipamos nuestros audífonos y nos sumergimos en nuestros espacios virtuales. Entre cada audífono comenzó a fluir un rayo de ideas, algoritmos que se construían al ritmo de la música de Nobuo Uematsu, programando con rabia. Nuestro código era sucio, hacía el trabajo, sin los formalismos ni las buenas prácticas de la ingeniería. Trabas que Giuseppe no tenía, yo sí. Tenía. Ese día terminé de romper esa obsesión con la correctitud, lo predecible y lo medible que aprendí en ingeniería en la Chile. Nada de eso servía en la hackathon. Estábamos allí para crear con libertad. Mientras programaba pensé: “¡A la mierda con la ingeniería de software!”

La sidequest de la Pajarito

El Raval, otro de los barrios céntricos de la ciudad, también era conocido como el Barrio Chino. Lleno de prostitutas, comida barata y locales de desbloqueo de celulares, los lanzazos eran frecuentes. En general, sentía que algunas personas tenían miedo de ese barrio, sobretodo las europeas. Pero dos mujeres latinoamericanas saben cuidarse, y estar alerta, de modo de poder disfrutar la idiosincrasia del lugar y sus ofrecimientos. El día de la hackathon, la Pajarito y Dolores se sentaron en un puesto que ofrecía té marroquí con hierbabuena y baklavas de pistacho. Dolores le contó su historia, que estuvo casada viviendo en Colombia, que estudió economía y antropología en México, que había llegado a Barcelona a estudiar sociología.

Esa noche la Pajarito me contó su decisión. El deseo del psicoanálisis era de una época pasada, de alguien que ya no era. Decidió ingresar al programa en la Escola de la Dona Francesca Bonemaison. Me gustó oírla decidida, me gustó como describía lugares de la ciudad que yo no conocía, sus nuevas maneras de descubrir rincones y gustos. La Pajarito me relataba historias, y yo la escuchaba admirando el brillo de sus ojos pequeños.

El primer jefe

El segundo día del evento conocimos a los jueces, que daban vueltas por la zona de programación, intruseando en lo que hacía cada equipo, ofreciendo ayuda más bien simbólica, porque cada grupo tenía sus ideas prototipadas y no era mucho lo que se podía cambiar. Se acercaron a nosotros, preguntándonos sobre el proyecto. Respondimos que era un Facebook del patrimonio cultural, donde los perfiles eran de pintores, músicos, escritores, una red social arteficial donde todo artista que apareciera en Wikipedia o en cualquier colección digital tendría su perfil. Las personas podían ser amigas si es que la enciclopedia lo decía, si estaban casados o eran familiares. El sitio también incluía grupos, determinados por los movimientos artísticos, que también aparecían caracterizados en la enciclopedia a través de sus múltiples taxonomías. En el cubismo estaba Picasso; en el surrealismo, Magritte; en el modernismo, Gabriela Mistral. Los álbumes fotográficos eran las colecciones de la fundación organizadora. Las citas famosas de cada personaje, posts en sus muros que provenían de las múltiples páginas que recolectaban citas que había en Internet. Estábamos entusiasmados con nuestro resultado. Las reacciones que generó nuestro proyecto Timebook eran así:

—¡Vaya, qué original!

—¿Imaginan si lo usamos en nuestro museo?

—¡Aplíquenlo en las escuelas! El potencial educacional es enorme.

—¿Cuál es la dirección Web? ¡Me encantaría verlo!

Sentíamos que el premio era nuestro al escuchar los elogios. Pero una buena idea no gana por sí misma, teníamos que venderla bien en los tres minutos de la presentación conocida como pitch. Programamos hasta que salió humo de nuestras máquinas, preparamos el mensaje del pitch hasta que salió humo de nuestras cabezas. Primero hablaría yo. Daría el contexto general y hablaría de la tecnología. Luego hablaría Giuseppe, el mago que sabía guiar la atención del público y maravillarlo.

Quedamos contentos con la presentación. Salió tan bien que incluso el ronco Jaume Sabadell nos aplaudió.

Hubo una media hora de tensión mientras esperábamos la deliberación del jurado en un cóctel. Me comí todos los quesitos que encontré. Mientras, pensaba que aunque aportamos por igual al proyecto, me sentía como si hubiese sido el ayudante del acto. Supe que tenía que mejorar, que debía aprender del mago.

Después, la directora del museo presentó los resultados. En su discurso todos éramos ganadores, la situación era win-win para todos. Debíamos estar felices por ello. Ella estaba agradecida del esfuerzo de cada equipo, todos sonreímos de manera hipócrita, porque sabíamos que solo había un equipo ganador. El resto serían perdedores. Por fortuna para mis nervios los ganadores fueron anunciados de inmediato, sin suspenso: los de la aplicación móvil que avisaba cuando uno pasaba cerca de un lugar histórico que tuviese obras de arte.

El equipo ganador subió al podio y dio las gracias.

Yo no entendía lo sucedido. Si nuestra idea fue tan popular y generaba reacciones entusiastas, ¿por qué los jueces dijeron otra cosa? Tampoco estaba sorprendido, tenía cierta costumbre a perder. Las había perdido todas, desde el torneo de Street Fighter más pequeño hasta las becas Chile para estudiar en el extranjero. Giuseppe, en cambio, estaba frustrado, como si todas las galletas que tenía se hubiesen deshecho al ser remojadas en el café.

Así como él me enseñó cómo había que transmitir los resultados de un trabajo, sentí que era mi turno de enseñar algo. Lo abracé y le dije:

—Giuseppe, ésta fue solamente la primera aventura. El juego no ha terminado. Sigamos juntos.

EXP

No sabemos si fue para celebrar lo logrado o para olvidar la derrota, pero fuimos a beber cañas a un bar perdido en el Born, donde se nos unieron la Pajarito y Dolores, como cuando el equipo completo en Final Fantasy va a una taberna, mezclándose con los habitantes de la ciudad. Cuando ya estábamos borrachos, comenzamos a caminar por el barrio, riéndonos de los rayados contra los turistas, disfrutando las obras de arte mural que estaban escondidas en las callecitas angostas.

Al terminar el recorrido, Dolores y Giuseppe se fueron caminando juntos, a pesar de vivir en lados opuestos de la ciudad. Con la Pajarito regresamos a nuestro nido. Con las ventanas abiertas, esa noche no nos importó si alguien nos escuchaba.